Estaba acurrucado en la entrada del Eroski de Estella. Ponía más interés en protegerse del frío que en alargar la mano para su sustento indispensable. No se me hacía conocida la cara. Era un hermano mendigo de rostro nuevo, recién estrenado a la entrada del super. Al ir sin calderilla a mano le dije que a la salida nos reencontraríamos. Sus enormes ojos, asomando bajo la capucha, aún con brillo y esperanza no truncada, aún con ancha sábana africana pupilas adentro, me perseguían por los nutridos pasillos del supermercado. Me perseguía su frío, su soledad, su incertidumbre, sus ojos vivos que quizás no tardarían en apagarse. Temía ya su futura decepción en medio de un mundo severo, de un occidente ensimismado. No tardé en concluir por dentro el tamaño del óbolo. No, esta vez no podía sacar una moneda de a medias, tenía que ser cuanto menos entera. Al ponerla en su mano grande, negra y fría, con mi carro a rebosar de comida me sentí pobre, escaso. Iniciamos conversación con mi muy torpe inglés. En efecto, era nigeriano y hacía cuatro meses que había desembarcado en cayuco en nuestras costas. Alcancé solo a comprender que fue realmente peligroso, que tuvieron agua abajo y agua de lluvia arriba. El euro ya en su bolsillo se iba haciendo cada vez más pequeño, más miserable, así que le pregunté qué necesitaba para comer. No lo dudó y me condujo de nuevo al interior del establecimiento. Se dirigió directo a por un pan de maíz. Por alguna razón le era más agradable y familiar al paladar. Para obviar la cola, quisimos pasar por pago automático, pero nos atascamos. Yo no acertaba con la operación. Desde el otro pasillo una mujer joven cogió sin decir nada nuestro pan de maíz y lo pasó al momento junto a su compra. No me aceptó pago alguno. Su detalle me emocionó. Sentí al instante carne de gallina. No le habíamos dado en realidad nada al hermano africano, él nos había regalado la suerte de sentirnos red solidaria, fraternidad silente. Me alegro de formar parte de la comunidad que provee de pan de maíz a nuestros hermanos del Sur. Pero no sólo trigo o maíz, blanca o amarilla miga, podamos también proveerles proteína tras la heroica travesía del mar. Les debemos algún “entrepan” digno, lumbre poderosa para que no se acurruquen a las entradas de los supermercados, para que sus dedos también calientes al extender la enorme mano. Sigo, seguimos buscando vana calderilla en el fondo de nuestros bolsillos para que esos ojos negros, grandes y brillantes no nos sorprendan con el carro rebosante; para que nuestros semejantes en apuros nos dejen tranquilos, no escuezan nuestra conciencia, no nos hablen del otro universo que hubieron de dejar atrás para llegarse hasta las frías puertas correderas del supermercado. A la entrada de los establecimientos de pasillos colmadas, de estanterías bien surtidas, de panes de todos los granos y colores, ante la mano que alarga la necesidad, algo más que calderilla y monedas sobrantes. Mejor todos empujando carros. Más pronto que tarde, todos podamos rodar una compra abundante, saciar nuestros estómagos sin necesidad de mendigar en algún rincón helado de esta tan extraña y recién inaugurada primavera. Artaza 23 de marzo de 2025 |
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