Fueron tres fases de obra y la Reina María Cristina se presentó en su primera inauguración. A partir de 1919 los donostiarras gozarían de un paseo donde estirar las piernas y ensanchar el corazón. Cada tramo fue testigo de ingenio y obstinación frente al Cantábrico. Recién acabada la "Gran Guerra” europea la frivolidad aún mermaba. Para lo que quedaba de “glamour” bastaba “Alderdieder” y sus aledaños. Para esparcir el alma a partir de entonces se podría rodear la montaña. Gracias a ese paseo privado a la roca osada, quien no quería socializar, podría caminar en contemplación, que aún no hacer “footing”. En esa ronda tan familiar aprenderíamos a caminar entre la firmeza de la montaña y la fuerza de las olas. Nuestro “Paseo nuevo” de paz ya se aproxima al siglo de antigüedad. Cuando nuestros padres tenían que tomar importantes decisiones, arrancaban el “mil quinientos” familiar e iban en busca del mar. Era también una forma de cobrar puntual distancia de la “jauría” que ellos mismos habían engendrado. Se dirigían a un “Paseo Nuevo” que no sabía aún de turistas, ni estaba inundado de caravanas. Aparcaban frente al oleaje. En verano bajaban sin ningún motor la ventanilla. Dejaban que el Cantábrico les hablara. El mar siempre susurra a quienes se apuestan ante él, se recogen y le demandan consejo. A menudo no es una respuesta inmediata, ni matemática, es una brisa de pensamientos, una intuición cargada de salitre que poco a poco se irá posando en el corazón abierto. Nunca fueron a terapia. No hicieron cola en la sala de ningún psicólogo. Corrían al paseo que diseñara el inspirado “aitona”. Se sentaban frente al océano inmenso y no eran chamanes. No sabían inglés y el “coach” apareció cuando ellos ya habían cumplido. No alcanzaron a preguntarle nada. A menudo sistematizamos, extraemos teorías, elaboramos método, generamos terapias…, pero olvidamos los kilómetros de paseo que hemos arrancado al mar, pasamos por alto su generosidad ancestral, sus dádivas sin fin. Ellos salieron al paso con la ayuda de esos corazones y esos mares anchos, de esos paseos hurtados a la guerra. Honramos esa generación que no racionalizaban y conceptualizaban tanto. Se abandonaban más a un Horizonte que sabían eterno y menos a una pantalla siempre más chica y caduca. Su espiritualidad no alcanzó las nieves de los Himalayas, pero sin embargo hundió bien adentro. No prendieron ningún sándalo, no quisieron importunar siquiera con nuevas resinas. No llevaron ningún “mantram” en sánscrito a sus labios. Ningún Maestro oriental les colgó del cuello ningún mala. El último aliento les cogió con el mismo nombre con el que vinieron al mundo. No contestamos nuestra hora, sólo pedimos para nosotros, para el mundo y este momento bélico y crítico, más Cantábrico, más fe llana, más “Paseo Nuevo” y menos “Tik tok”, menos retórica espiritual, devoción de tendencia. A la vuelta de todos nuestros cursos y costosos “trainings” estamos aquí sencillamente honrándoles, buscando su paseo y atalaya, concluyendo que, en muy grande medida, llevaban razón. Tenían menos, pero eran más agradecidos y por ende felices. No ahorraron postración ante el Dios de todos los océanos. Han partido y nosotros estamos preguntando por las olas más cercanas, por la costa con más aparcamiento y oídos. Volvemos al “Paseo Nuevo”, al mar y su fuente de Vida e inspiración eterna. No han caducado sus atalayas, sólo necesitan más pretil para asomarnos a ellas. Si no reconocemos a quienes ayer nos dieron vida y horizonte, si no incluimos sus miradas sencillas, inocentes, sus muretes de vieja y gruesa sillería…, nadie se moleste en soñar futuro. Afirmarnos frente el estruendo y la guerra lejana puede consistir también en hollar silenciosos, recogidos, nuestros “nuevos paseos” de paz. Koldo Aldai Agirretxe |
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